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Boletos, pases y abonos

¿Me cargás 100? -

Pasó el billete de cien por debajo del vidrio y quedó a la espera de instrucciones

- Apoyá la tarjeta.  No, ahí sobre el cuadrado -

Recibió el ticket y se fué

Gerardo está incómodo en este gabinete, más parecido a uno de esos baños provisorios que ponen en la obras en construcción, que a una boletería de tren.  Él arrancó allá por los ochenta o antes, ya ni se acuerda, vendiendo boletos y abonos.  Ese fue su sueño cuando de pibe, en lo del vecino dos casas más hacia la ruta, apareció una boletera de colectivo, de chapa brillante y con boletos para cortar.  Ese trofeo lo tenía el vecino desde una tarde de marzo cuando su padre, Don Ismael, lo trajo en un bolso, junto con el monedero, también de chapa lustrosa que usaban los colectiveros.  Desde esa tarde se jugaba al colectivero.  El vecino en un cuartito muy chico que daba hacia el fondo de la casa había armado la escena. Una sillita de paja era el asiento que siempre usaba Él, por detrás, un banco de madera oscura para sentar a los pasajeros. A su derecha una sopapa que a veces se salía, decorada con las cintas de plástico que vendían en las bicicleterías para colgar de los manubrios.  El volante era una rueda de la cortadora de pasto que había sido reemplazada por un modelo más nuevo, y se calzaba en el palo del secador de piso; habría que estar atento a que los viajes no coincidieran con la limpieza de la casa, sino se iba a complicar la cosa.

Gerardo a su vez, llevaba los elementos para jugar a la boletería de tren.  Se montaba en el mismo cuartito que hacía las veces de colectivo, pero cómo tenía una pequeña ventana al lado de la puerta, mirando al patio, se la usaba como ventanilla. Cada vez que iba a la estación, se traía boletos usados; los mejores eran los que estaban sin picar. Tenía blancos, naranja y blancos a la mitad, y los más difíciles, naranjas con las puntas blancas.  También había conseguido un par de abonos, pero esos los recibió del hermano del Rulo, que trabaja en el Centro y viaja en el Sarmiento.  Para acomodar los boletos tenía un cajón de una mesita de luz con divisiones; mesita de luz o algún mueble chico (nunca quiso decir de dónde lo sacó), e iba apoyado contra la pared arriba del banco que hacía las veces de asientos de los pasajeros.

- ¿Me carga veinte por favor? -

- ... -

- Ehhh! Señor!  Me carga.. -

- Disculpe, ya le cargo, lo que pasa es que... -

Como  pasaba cada vez con más frecuencia, los recuerdos lo llevaron a la boletería de Castelar, lado Sur, y mientras atendía, hacía memoria y se decía:  "Era otra cosa! Uno le veía la cara a los pasajeros y por supuesto el trato era otro, había con quién cambiar un par de palabras, no como ahora que con suerte escuchás lo que dicen.  Y había luz, y aire, y tenías un compañero que atendía y que cuando aflojaba la demanda te cebaba unos mates.  En cambio esto, parece la cápsula espacial de los que fueron a la luna, ¿cómo se llamaban? Ansstron era uno, Collins me parece, y el tercero, el tercero, nunca me voy a acordar"

Con una moneda o una llave le golpearon el vidrio - Oiga, pierdo el tren!!! - El pasajero dijo en voz alta

- Espere que se colgó el sistema, voy a reiniciar - Tanteó el cable que le rozaba siempre la pierna derecha y tiró de él, apagando el monitor, pero también las luces de la cabina, quedando totalmente a oscuras.

-  UYYYY - Fueron varios pasajeros al unísono, y como pasa en estos casos, empezaron a hablar entre ellos - "No puede ser", "siempre lo mismo", "yo ya llego tarde", "me voy sin la SUBE y listo"! - El de Seguridad que imaginaba la escena abrió la reja y les dijo: - Pasen, pasen que pierden el tren.  Cualquier cosa digan que no andaba la boletería de Ituzaingó - Y se acercó a la cabina. - ¿Todo bien Don Gerardo? - preguntó golpeando la puerta

- Si. Se desenchufó un cable, ya lo soluciono -

A tientas buscó su mochila, y dentro de ella esperaba encontrar la linternita, esa que lleva una sola pila.  Era su día.  Encontró rápido mochila y linterna.  Se agachó y vió que el cable se había soltado del enchufe.  Con cuidado quitó el enchufe de la pared, y al cable que tenía los dos alambres de cobre al aire, los enroscó cada uno como para poder meterlos en el tomacorriente de la pared, y ver si se arreglaba todo.  - A verrrr - y enchufó los dos cables.  Hubo luz en la cabina, más amarillenta, no blanca de tubo como siempre. Gerardo se acomodó frente a la ventanilla, respiró hondo, y pegó una mirada rápida a su alrededor, estaba todo en orden.  El póster de Boca detrás de él, la lamparita colgando del portalámparas, como siempre, las chapas viejas que apoyaban sobre los listones de madera (que ya habría que pensar en cambiarlos), la radio, la pila de diarios allá atrás con alguna revista entremedio de ellos. A su lado, contra la pared, el cajoncito que guardaba prolijamente acomodados los boletos de tren de cartón, y en un costadito, un par de abonos por las dudas.  Miró por la ventanilla, y reconoció en ese pasajero a su vecino, el colectivero...

- Buenas noches -

- Buenas noches señor, Caballito ida y vuelta, por favor -

- Tenga cuidado con la vuelta, le sirve hasta la una de la mañana -

Miró el reloj, ya era hora.  Bajó la cortina de madera de la ventanilla y dijo: - Ya es tiempo de pensar en el retiro -

Y se fue.


Riqui de Ituzaingó

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