Cuando muchos duermen la siesta, quizás la última hasta dentro de una semana. Cuando la ventana medio abierta de la cocina, deja entrar al viento que aplacará el olor a tuco, que se aferra a cortinas y repasadores sin cejar. Cuando el sol empieza a mirar a los ojos, anunciando que en cuestión de horas, habrá que irse a dormir temprano para encarar la semana que se viene. Cuando el domingo se diluye, en ese y en cualquier barrio de la ciudad, la ceremonia se repite. El pibe que llega, en bici, en monopatín o en bondi; qué importa cómo! Se anuncia con la cara iluminada de emoción, esa que fue palpitando toda la semana. Y ahí lo espera el tipo, que lo saluda con cortesía, tratando de guardarse más de un sentimiento para más tarde. Los va a necesitar. Así son las tardes de domingo en esta ciudad. Todo lo vivido, se pone a prueba una y otra vez, tanteando, cada uno de los infinitos nudos que afirman uniones entre los que se quieren de verdad....
Entre las múltiples historias sobre personajes de la ciudad de Buenos Aires, recuerdo la de "El tipo que silbaba". El origen de este relato es incierto para mi; no me queda claro si lo escuché en una charla de café, en algo que leí por ahí, o si forma parte de esa maraña de recuerdos compartidos con ocasionales compañeros de ruta. Lo curioso es que, al intentar buscar más información, las respuestas suelen ser vagas o cargadas de una indiferencia que sugiere que todos saben de qué se trata, pero nadie quiere meterse con este tema. Dicen que en un barrio de Buenos Aires, quizás Monserrat o San Telmo, en una cortada de existencia incierta llamada Pasaje San Edmundo , a veces pasan cosas. A la hora de la siesta, más precisamente entre las tres y media y las cuatro menos veinte, el entorno se transforma: los ruidos urbanos —bocinas impacientes y traqueteos de gomas infladas de más— se apagan, el cielo se nubla o es el pasaje el que se ensombrece, eliminan...