Entre las múltiples historias sobre personajes de la ciudad de Buenos Aires, recuerdo la de "El tipo que silbaba". El origen de este relato es incierto para mi; no me queda claro si lo escuché en una charla de café, en algo que leí por ahí, o si forma parte de esa maraña de recuerdos compartidos con ocasionales compañeros de ruta. Lo curioso es que, al intentar buscar más información, las respuestas suelen ser vagas o cargadas de una indiferencia que sugiere que todos saben de qué se trata, pero nadie quiere meterse con este tema. Dicen que en un barrio de Buenos Aires, quizás Monserrat o San Telmo, en una cortada de existencia incierta llamada Pasaje San Edmundo , a veces pasan cosas. A la hora de la siesta, más precisamente entre las tres y media y las cuatro menos veinte, el entorno se transforma: los ruidos urbanos —bocinas impacientes y traqueteos de gomas infladas de más— se apagan, el cielo se nubla o es el pasaje el que se ensombrece, eliminan...
- ¿Sabés qué pasó en la cuadra del kiosco? - - No. ¿Por? - - Dos patrulleros, la calle cortada. - - Averiguo. Aprovecho que tengo que ir a la panadería.- La casa del 466 no era lo que se dice, un palacete, tampoco una de esas que tienen frentes con jardín, donde muchos se paran a ver las flores. Ya el solo hecho de caminar por su vereda no es tarea fácil. Baldosas rotas y otras que no están, hacen que quien quiera distraerse mirando el frente de la casa, tiene muchas posibilidades de pegarse un porrazo. Eso si, el olor a pis de gato es una especie de certificado de domicilio para el que quiera saber por dónde anda. Los vecinos, vaya a saber porqué, evitaban hablar de esa casa, de quién la habitaba, de si tenían perro, gato, canarios. Pero sí, siempre la incluían en el grupo de esas tres casas, que " no están cuidadas y que afean el barrio". - ¿Y, qué averiguaste? - - No mucho. La del kiosco d...