Había un programe en la tele, creo que en el año 73, que duraba toda la tarde. Quizás era Matineé, donde estaba la Tía Valentina. Un día llevaron a un pibe que jugaba en las inferiores de Argentinos Juniors, los famosos Cebollitas.
Esos programas tenían un poco de todo, se daban de lunes a viernes después de almorzar, y estaban hechos para acompañar. Era usual por entonces, que las mujeres no trabajaran fuera de la casa, sino se dedicaban al laburo del hogar, y la pesada crianza de los chicos (nunca menos de dos). Entonces la tele siempre estaba encendida, como para que fuesen más llevaderas, las tares hogareñas.
El pibe en cuestión, estaba en un costado de la imágen haciendo jueguitos con la pelota (hoy freestyling). Era algo simpático para ese programa, pero no para mi. Al otro día fuí corriendo a contarle a los chicos de mi equipo, Los Leones, que había visto en la tele a uno de los Cebollitas, y que si nosotros avanzábamos en el campeonato que jugábamos en la cancha de Morón, seguramente tendríamos que enfretarlos.
Esa tarde, después del partido, todos Los Leones fuimos a hacer efectivo nuestro vale por haber jugado otra feccha. A un costado de la cancha de basquet, en un puestito de chapa, retiramos nuestro pancho y la Coca en botellita de vidrio. Y la charla tuvo un tema excluyente: El Pibe de los Cebollitas.
Carlitos: - Mi primo el que tiene el reparto, me contó que cuando anda por la Capital, a veces se arrima hasta las canchitas de Argentinos, y un día lo vió patear tiros libres. Todos goles! -
Gerardo: - Leí en la Goles, que esos pibes tienen un invcto de casi un año. Son todos buenos. Y ni te digo este, el que juega de 10.-
Edu: - Che, ¿vos decís que vamos a tener que jugar contra ellos? -
Claudio: - Y, si ganamos todos los partidos ...-
Riqui: - Che ...-
Carlitos: - ¿ Qué?-
Riqui: - Yo vi jugar al 10.-
Se hicieron los sordos o los que no les importaba lo que yo pudiera decir. Pero ni bien Gastón me miró, me dió el pie para comenzar el relato.
- Te conté alguna vez que nosotros hicimos una canchita en el bario, del otro lado del alambrado. Bueno, no es una cosa de locos, pero masomenos cortamos los yuyos, y limpiamos de latas, piedras y algún que otro bicho muerto que encontramos por ahí. Para cinco contra cinco, da bien. -
Gastón me miraba con cara de compromiso, se hacía cargo de que me había dado el pie para que hablara, y ahora se lo tenía que bancar.
- Dardi organizó partido contra los del otro lado de la ruta, y nosotros para estrenar la cancha, nos mandamos a hacer camisetas. Una pinturita era el equipo! -
Los otros viniero con la ropa que tenían, y se veía venir que con la camiseta sola, los íbamos a pasar por arriba. Eso pensábamos.
El asunto fue que estos cosos corrían como locos y la pelota (creo que una Pintier) no la veíamos ni en figuritas. Uno, dos, tres, cuatro, y la cosa venía de baile. Paramos el partido para refrescarnos un poco (aunque estábamos en invierno!) y yo pedí ir al arco, el pobre Carlitos era un colador. Me calcé los guantes, resoplé mi flequillo, como ví alguna vez en la tele, y pensé en cambiar la historia.
A un costado de mi arco, levantado con dos cañas masomenos derechas, había un pibe de rulitos, sentado sobre la pelota que trajeron ellos por las dudas. Le dije: "¿No entrás?". Me miró y me dijo con cara de pena: "No sé, yo soy el primo del Juanchi, el de pulover azul. Vine a ver. Si no me dicen ..."
Le hice así con la mano, y empecé a chiflar, y a hacer señas. "Che! Acá el pibe quiere entrar!" Todos me miraron, y les dije: "Ya hicieron como seis, déjenlo jugar un rato". El Juanchi, le hizo una seña, y hubo cambio. -
De a poco, quizás porque no tenían otra cosa que hacer, todos empezaron a escucharme.
- Nunca vi una cosa igual! Hacía todo lo que nosotros fantaseábamos cuando nos poníamos a charlar en el cordón de la vereda del cole. Era como ver a un mago sacando palomas y conejos de la galera. Caños, rabonas, sombreros y gambetas impensadas. Gestó tantas jugadas de gol como se propuso. Perdimos 11 a 1 (el nuestro creo que fue de lástima). -
- ¿Y el pibe? - preguntó Gastón.
- Se acercó, me dió una palmada y me dijo: "Gracias por dejarme jugar." Y se fue solo, caminando por la calle de tierra, con sus medias bajas, y sus rulos opacos, por la tierra, viste...-
Vino el papá de Gastón, con su Peugeot azul y nos llevó a varios hasta la Estación de Tren. Habíamos ganado 4 a 1, y el clima no era de euforia. Se quedaron pensando.
Cuando estábamos esperando el colectivo que iba a Ituzaingó, Marcelito me preguntó:
- Riqui, ¿tan bueno era?.-
Lo miré, y riéndome le contesté:
- Va a ser el mejor de todos los tiempos.-
Nos reímos juntos y como cada vez que volvíamos, nos fuimos leyendo en voz alta, todos los carteles de los negocios de Rivadavia.
Riqui de Ituzaingó
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