- ¿Sabés qué pasó en la cuadra del kiosco? -
- No. ¿Por? -
- Dos patrulleros, la calle cortada. -
- Averiguo. Aprovecho que tengo que ir a la panadería.-
La casa del 466 no era lo que se dice, un palacete, tampoco una de esas que tienen frentes con jardín, donde muchos se paran a ver las flores. Ya el solo hecho de caminar por su vereda no es tarea fácil. Baldosas rotas y otras que no están, hacen que quien quiera distraerse mirando el frente de la casa, tiene muchas posibilidades de pegarse un porrazo. Eso si, el olor a pis de gato es una especie de certificado de domicilio para el que quiera saber por dónde anda.
Los vecinos, vaya a saber porqué, evitaban hablar de esa casa, de quién la habitaba, de si tenían perro, gato, canarios. Pero sí, siempre la incluían en el grupo de esas tres casas, que "no están cuidadas y que afean el barrio".
- ¿Y, qué averiguaste? -
- No mucho. La del kiosco dice que cree que es un allanamiento. Don Roberto dice que están buscando a dos ladrones que parece están escapando de por ahí. Pero la verdad es que no hay movimiento, y el policía que cruzó la moto, no da bola.-
Se escucharon dos golpes de sirena, y sin demasiada prisa, los dos autos y la moto se fueron.
- En la puerta quedó un vigilante, cuidando. - dijo Beatriz asomándose por la ventana.
- Yo voy y le pregunto. -
Aquellos que peinan canas, si vieran al policía que estaba en la puerta del 466, entenderían porqué ese vecino lo tildó de vigilante. Es que su apariencia distaba mucho de la que se acostumbraba ver en la mayoría de los que portaban el uniforme policial. No se veía atlético ni musculoso. Tampoco gordo como los de la Provincia. Este era flaco, con cara de que no podía matrar ni a una mosca. De unos cincuenta y pico de años, con un aspecto más cerca al de un oficinista esperando la jubilación, que el de un hombre de acción.
- Buen día oficial. -
La respuesta fue una seña con la mano derecha tocándose la gorra, en una mezcla poco ortodoxa de veña y saludo de sombrero.
- Estamos preocupados en el barrio, los vecinos ...-
El policía lo miró, solamente moviendo sus ojos, sin ningún otro gesto que denote emoción alguna.
- ¿Algún muerto? -
- No soy prensa. Circule por faor.-
El vecino tenía previsto recibir alguna respuesta de ese tenor. Y como no tenía nada más interesante que hacer, siguió:
- Pasa que uno tiene miedo con las cosas que pasan, y vió, ahora tengo que ir de compras, y dejar la casa sola ...-
No hubo novedades. La insistencia del vecino, no dió resultado. No hubo respuesta.
Carlos, siguió su camino hasta la panadería. Pidió unos panes, dos tortitas negras y extendió un billete de diez mil.
- En la calle del kiosco parece que hubo algún problema, estuvo la policía. ¿Sabe algo? -
- Vimos pasar los patrulleros hace un rato, pero sin sirena ni nada. No debe ser algo importante.- le dijo la cajera mientras le daba el vuelto.
Se dió cuenta que su tour de compras en realidad no era tal, y que tampoco era necesario comprar pan. En el mueble aún quedaban dos negritos y una figasa. Pegó la vuelta entonces, pero esta vez evitó la vereda del kiosco, lo hizo por la de enfrente. Cuando estaba a tiro del 466 una ráfaga de viento le trajo desde la casa en cuestión, no el olor a pis de gato como siempre, sino una fuerte sensación de que algo había ardido allí. Y hasta casí creyó ver alguna ceniza en el aire.
Abrió la puerta de su casa, la televisión estaba encendida. El locutor, de impecable traje azul, contaba las novedades.
"... vecinos del Gran Buenos Aires, contaron haber visto cóm una bola de luz muy fuerte caía desde el cielo. Esto fue por la mañana de hoy, y este fenómeno pudo observarse en los partidos de Merlo, Moreno..."
- ¿Compraste pan Carlos? -
- Shhh, dejame escuchar! -
" ... nuestra producción hizo la consulta con el Servicio Meteorológico Nacional, y la oficina de prensa del Organismo, nos informó que no tenían reporte de algún fenómeno celeste que podría asociarse con lo visto por los vecinos del Conurbano."
- Sabés que esto tiene que ver con lo del 466. -
- ¿Qué hablás Carlos? -
- El olor a quemado, la custodia policial, lo que vieron en el Oeste. -
- No te entiendo. Hago un poco de café. Te va a venir bien. -
Se quedó frente al televisor, pensando, casi sin escuchar las noticias que seguían sin parar. Caminó alredeor de la mesa, hizo algunos ademanes, balbuceó algo que nadie podría entender.
- Creo que esto es serio. -
Su mujer, sin mirarlo a los ojos, le alcanzó la taza de café.
- Una vez leí en un libro que encontré en una caja que vino con las cosas de mi abuelo, que cuando cualquier cuerpo que quisiese entrar a la atmósfera desde el espacio, si no lo hace con el ángulo y por el lugar correcto, el rozamiento lo prendería fuego.- Tomó un poco de café y continuó:
- Cada veinticinco años, cuando el añochecer se arrima a las seis de la tarde, se registran ingresos de naves espaciales de otras galaxias por el Hueco de Capricornio. No se sabe a ciencia cierta qué actividades realizan, pero durante tres días, dejan rastros de su presencia, y luego se van. ¿Me estás escuchando? -
- Si. - dijo su mujer mientras buscaba el último morrón que debía estar en el cajón de las verduras.
- La NASA esconde las pruebas de estos ingresos, y da a conocer versiones falsas, de meteoritos o estrellas fugaces. Pero nosotros lo tenemos claro. Don Miguel, que ya está por los noventa, vió y escuchó de todos los ingresos, a lo largo de su extensa vida.-
El morrón no apareció y sin él, no puede iniciarse una salsa. Beatriz se quitó el delantal, agarró el monedero y enfiló hacia la verdulería de la esquina. No era lo que podía decirse un negocio con variedad y pulcritud, pero lo básico allí se encontraría. Cebolla, papa, batata, morrón, y alguna que otra planta de hojas verdes.
- Una nave que entró mal, se incineró, y cayó, desintegrada, aunque por lo visto, los restos llegaron a Ituzaingó. Betty, somos testigos de un hecho único que puede cambiar la vida de todos. Una nave! -
Carlos se tomó la cabeza con sus dos manos y mirando al techo proclamó:
- Una nave, Betty, una nave en Ituzaingó. ¿Sabés que significa eso? -
Casi en medio de un trance, comenzó a toser, nervioso, y hubiese querido llorar, pero la cosa no daba para tanto. Se quedó en silencio. Buscó más café en su taza, sin un resultado positivo. Sus manos envolvieron la taza celeste, para recibir lo poco de calor que aún quedaba en ella.
Se escuchó el llavero moverse tras la puerta, y su mujer entró con la bolsita celeste, donde podía adivinarse que contenía un morrón casi bordó.
- Justo cuando salía de lo de la chica de la verdulería, veo parar un taxi, en el 466. Bajó el hombre de ahí. Habló algo con el policía y entró a la casa. La Matilde, que no se pierde nada, me pasó la información, Se ve que el hombre dejó un calentador prendido y le agarró fuego un mantel de hule. Mucho humo negro. La de al lado, llamó a la policía, y le entraron por el patiecito de atrás, y lo apagaron.-
Carlos seguía agerrado a su taza, con los ojos perdidos.
- Una nave, una nave en Ituzaingó. Por Dios! -
Beatriz, fue directo a la cocina, y continuó con la picada de cebolla y morrón, la salsa estaba al caer.
- Che Carlos, ¿Me sacás la basura? -
No hubo respuesta. Lo miró, se secó las manos en el delantal. Cerró la bolsa de la basura, y salió por la cocina, mientras el perro pegaba saltitos para agarrar la bolsa.
- Revolveme la salsa, por favor!
Riqui de Ituzaingó
Jajajaja yo no sé de dónde sacas tanta imaginación, la verdad que te admiro, me encanta leer tus historias 💖💞🥰😘
ResponderBorrarAna Lidia Pagani