Cuando muchos duermen la siesta, quizás la última hasta dentro de una semana. Cuando la ventana medio abierta de la cocina, deja entrar al viento que aplacará el olor a tuco, que se aferra a cortinas y repasadores sin cejar. Cuando el sol empieza a mirar a los ojos, anunciando que en cuestión de horas, habrá que irse a dormir temprano para encarar la semana que se viene. Cuando el domingo se diluye, en ese y en cualquier barrio de la ciudad, la ceremonia se repite. El pibe que llega, en bici, en monopatín o en bondi; qué importa cómo! Se anuncia con la cara iluminada de emoción, esa que fue palpitando toda la semana. Y ahí lo espera el tipo, que lo saluda con cortesía, tratando de guardarse más de un sentimiento para más tarde. Los va a necesitar. Así son las tardes de domingo en esta ciudad. Todo lo vivido, se pone a prueba una y otra vez, tanteando, cada uno de los infinitos nudos que afirman uniones entre los que se quieren de verdad....