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La Misión Topacio

Desde que volvi de la ribera, no dejé de pensar en los senderos, esos que se dibujan , río arriba, en la costa de enfrente y que se meten entre pastizales, uno hacia el norte y otro un poquito más hacia la derecha.. El arroyo Las Puntas ya debería dejar de llamarse así, porque por lo menos en esta zona, es ancho y profundo, quizás en las últimas décadas haya cambiado el clima en la región desde que se abandonó la agricultura sin que nadie lo pueda explicarlo de una manera masomenos convincente.   Un misterio como tantos otros por acá. Su nombre según la tradición se debe a que cerca de su nacimiento entre los cerros del oeste, se encontraron rocas muy duras sobre las cuales los indios comechingones raspaban huesos y piedras para hacer puntas de flechas y de lanzas, y como se sabe, las tradiciones no se discuten, mientras tengan  un poco de encanto y sirvan para ganar la atención de los visitantes. A la altura de la bajada del pueblo, tiene un ancho que se podría cr...

Alfonsito

Mi barrio apenas tenía unas manzanas, nos encerraba la ruta de aquel lado y la Base de este otro, y quizás por ser chicos no nos íbamos muy lejos; eso definía el barrio.  Además de esos límites naturales, si hacía una cuadra, cruzaba Arena y ya estábamos en el Barrio Seré, y pal otro lado, no se muy bien a cuántas calles, estaba el Barrio Santa Rosa.  O sea que yo vivía en una zona fronteriza, sin un barrio definido, casi podría decirse que teníamos algunos problemas de identidad barrial. Teníamos kiosco, almacén y Escuela, la 50.  Y en la periferia, bicicletería, ferretería, y panadería.  Algún tayer, tiendita y seguramente verdulería. Con esto cubríamos gran parte de las necesidades básicas de entonces.  Pero, no había ni canchita ni club. El tema del fóbal lo resolvíamos jugando sobre la calle de tierra que bordeaba la Base, o sino pateando sobre los frentes de las casas, usando los paraísos como postes de nuestros arcos. Club no teníamos, lo más cerca...

Nadie vió a la nena

Las siestas en los pueblos como este son mas o menos todas iguales.  Tierra volando por dónde se mire, el abucheo de las palomas, algún perro ladrando a la nada, y si el viento viene del sur, el aleteo incesante de las ramas de los álamos plateados que escoltan todo a lo largo, al Boulevard Sarmiento.  Es raro ver chicos dando vueltas por allí, ellos aprovechan la quietud de este momento para juntarse y hablar de cosas importantes, por lo menos hasta que afloje el sol y el viento, y puedan salir a dar vueltas por ahí. A las 15.47 de ese viernes sonaron varias campanadas, posiblemente hayan sido cuatro o cinco, no se sabe exactamente, porque nadie las esperaba, el pueblo sólo tiene una capilla, y en el pueblo que está sobre la ruta hay Iglesia pero que se sepa, sin campanario.  Unos pibes salieron a ver, un par de viejas también, y pasadas las 16.00 algo de gente había cortado la rutina de las siestas de estos pueblos, después de mucho tiempo Se armaron varios ...

El tipo de la luna

Conocí un tipo que se ufanaba de leer los claros y oscuros que delinea la luna, en las noches en las que se muestra seductoramente blanca y plena.  Es raro porque no soy hombre de andar cruzando palabras con cualquier fulano que se me sienta al lado, pero en este caso fuí yo el que se acercó, y ante la imposibilidad de pedirle fuego (ultimamente no fumo), no tuve mejor idea que plantearle: -  Oiga, ¿sabe de alguien que pueda hablarme de otra cosa que no sea el dólar o la final de la Libertadores?. Y el tipo, sin mirarme, me planteó:  -  Consígase un sánguche de jamón y queso, desde ayer que no como, no me pregunte porqué, no es tiempo de andar dando explicaciones, pero con algo de comida en el estómago quizás pueda contarle de la luna que tendremos mañana y quizás pasado... No tuve opciones, tampoco tenía otra cosa que hacer, así que mientras caminaba las dos cuadras y media hasta la panadería La Espiga de Oro traté de hacer una foto del tipo este, a ver si q...

El Ombú de la calle Montiel

-  Abuela, contame la historia del árbol Marina ya tenía la costumbre de ir al costado del chalet que daba a la entrada del auto, dónde vivía Marga, su abuela materna, para pedirle historias, aunque un poco eran las ganas de mimarla y otro poco, las de escaparse de casa y de las tareas de la escuela -  Bueno, te la vuelvo a contar, pero esta vez, la historia va a tener un final triste, no siempre la Abu puede hacer que las historias sean como nosotros queremos Desde las ventanas del living del departamentito que le habían armado a Doña Marga para que pase su vejez, se podía ver cómo aparecía un enorme ombú entre el cerco de ligustros que separaba este terreno del de los vecinos Milenti.  Si bien estaba claro que la enorme planta había crecido en el lote de al lado, es muy probable, según los memoriosos, que cuando se comenzó a cercar, el viejo Milenti decidió compartir con su único vecino, allá por mediados del siglo XX, un poco de la historia de este ombú...