Entre las múltiples historias sobre personajes de la ciudad de Buenos Aires, recuerdo la de "El tipo que silbaba".
El origen de este relato es incierto para mi; no me queda claro si lo escuché en una charla de café, en algo que leí por ahí, o si forma parte de esa maraña de recuerdos compartidos con ocasionales compañeros de ruta. Lo curioso es que, al intentar buscar más información, las respuestas suelen ser vagas o cargadas de una indiferencia que sugiere que todos saben de qué se trata, pero nadie quiere meterse con este tema.
Dicen que en un barrio de Buenos Aires, quizás Monserrat o San Telmo, en una cortada de existencia incierta llamada Pasaje San Edmundo, a veces pasan cosas. A la hora de la siesta, más precisamente entre las tres y media y las cuatro menos veinte, el entorno se transforma: los ruidos urbanos —bocinas impacientes y traqueteos de gomas infladas de más— se apagan, el cielo se nubla o es el pasaje el que se ensombrece, eliminando cualquier reflejo del sol que pudiera confundir la mirada de algún desprevenido.
Y desde la esquina que mira hacia el río, aparece un tipo, con sombrero de ala y saco abrochado sólo con un botón. Sus manos en los bolsillos hacen simétrica su figura. Al pasar por delante del primero de los postigones cerrados, comienza a silbar. Según testimonios recogidos a lo largo de los últimos años, la melodía, aunque desconocida, tienee la cadencia típica del 2x4, propia de alguien que lustró en infinidad de ocasiones, el empedrado centenario. El deambular del tipo por el pasaje, se extiende algo más de dos minutos —lo que dura el tanguito— hasta perderse en la esquina coronada con un farol de época, al son del eco de su taconeo en las baldosas gastadas de la vereda.
Casi de inmediato, la sensación de quietud se rompe y la vida del barrio, con sus ruidos de frenadas y cortinas y ventanas que se abren, vuelve a la normalidad. Sin embargo, el misterio no termina ahí. Hay quienes aseguran que, una vez que el silbido se pierde entre el murmullo creciente de la tarde, el pasaje deja de existir. En su lugar, después de las 15:40, sólo se encuentra una vieja construcción en ruinas, casi un manojo de escombros, de lo que alguna vez fue un conventillo.
A pesar de búscar en mapas y consultar en la oficina de planeamiento urbano, no tengo registros de la existencia del Pasaje San Edmundo; varios me sugieren que podría tratarse de una denominación antigua de antes de que la ciudad fuera capital. Pero el relato habla de bocinas de autos, lo que lo sitúa por lo menos en los novecientos. En fin.
Hace menos de diez días, caminando por Monserrat, mientras buscaba una librería de usados, recordé la historia y comencé a silbar un tango que me había enseñado el tío Alfredo. Al doblar la esquina, metí las manos en los bolsillos, me acomodé el sombrero de ala y, de repente, el silencio lo envolvió casi todo. Levanté la vista y sobre los ladrillos desnudos de una pared, vi la chapa azul que rezaba Pasaje San Edmundo. El tanguito silbado llenó de música el pasaje, en un hermoso contrapunto con el taconear de mis zapatos negros.
Riqui de Ituzaingó
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