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El Vasco - 7. Los zorzales

Por iniciativa de los descendientes de aquellos primeros inmigrantes, este año y por primera vez, se trasladó al pueblo, la fiesta de la Vascongada.  Durante casi una semana, el pueblo elegido se viste de gala para recibir esta festividad, tan cercana a su gente.En esta oportunidad, desde hace un par de meses se está organizando todo conla ayuda de unos vascos oriundos de Artega, Santa Fe.

Donde comienza el boulevard de la San Martín, ahí cuando cruza la calle Pueyrredón, se armó el inmenso escenario, que fuese prestado por el Club de Paleta.  Levantado casi dos metros del asfalto, permite que cualquier espectáculo pueda verse desde dos o tres cuadras, sin problemas.  El año pasado, cuando se hizo la Fiesta Provincial del Maíz, se le agregó un techo de chapas, para evitar que una ocasional lluvia haga suspender el evento que se ofrezca en ese momento. Sesis cuadras de la avenida se vistieron de ocasión.  El verde de los estandartes eran el reemplazo indicado de las hojas que aún no se permitían aparecer, esperando que terminara este muy frío mes de julio.  Frío que parecía atenuarse con las múltiples pinceladas de ese rojo carmín, inigualablemente cálido, como el espíritu de quienes echaron raíces por aquí.

Ese sábado era especial.  Las tablas del escenario, durante toda la  tarde y hasta entrada la noche, recibirían los más importantes shows de música y de baile, comenzando con las finales de los concursos que elegirían a los ganadores en ambos rubros.  Y pasadas  las 22 hs se cerraría la festividad a puro baile de todos los presentes, al son de la música de un grupo de música folclórica, venido especialmente del País Vasco para cerrar este tradicional evento.

-  Mary, necesito ir a un baño, y de  paso estirar un poco las piernas. Se me van a entumecer! -  Gloria, le dijo a María Inés, la mayor de sus tres hijas.

-  Está bien, nos quedamos nosotras.   De todas formas hasta que no terminen de bailar, no creo que venga mucha gente a comprar. -  Contestó su hija, mientras aprovechaba el descanso que les daba el show, para leer los últimos mensajes recibidos.

Gloria atendía el puesto de pinchos, una especialidad que durante el año, solamente podían disfrutar sus hijas, y ocasionalmente, alguno de los pasajeros a quienes alojaba en su casa.  Las últimas tres cuadras de la avenida estaban atestadas de mesitas con sillas de chapa, de esas tan comunes en  los clubes.  Toda la gastronomía tradicional vasca parecía resumirse en esas cuadras de la  San Martín.  El pescado sin dudas era la estrella, presente en la mayoría de los platos que ofrecía cada uno de los puestos, peleandole palmo a palmo las preferencias de la gente con la increible oferta de pastelería. 

A pesar de lo que uno pensaría, eranlos chicos y los más jóvenes los que vestían ese ropaje, impecables y de vivos colores, similar a ese que posiblemente hayan usado los primeros que se asentaron por estos lares.

-  ¿Alguna novedad? -  preguntó Gloria, casi como una formalidad, o como una forma de anunciar su regreso al puesto.

-  Si.  Vino una pareja de vasquitos, hermosos, no sabés!  No tenían más de cinco años, calculo -  Le contestó su hija.

-  Mirá qué bien!  ¿vinieron a comprar? -

-  No.  Te dejaron este sobre a vos, y se fueron -

Gloria, tomó el pequeños sobre, hecho con una hoja de cuaderno rayado.  Se puso sus anteojos de ver de cerca.  Lo abrió con cuidado, y leyó:

"Gloria, te esperamos mañana domingo al amanecer debajo del arco de entrada al pueblo.  No nos falles!".  Colocó la nota nuevamente en el improvisado sobre, el que guardó en el bolsillo de su delantal verde con ribetes carmín y blanco.

-  ¿Quién te manda cartas? - preguntó María Inés.

-  La panadera.  Me mandó con sus nietos la receta de esa torta de almendras que tan bien le sale -


Si hubo algo que no se supo muy bien es porqué José Antonio era el presentador del cierre del evento.  Decían que su amistad con el intendente era lo que ahí lo había llevado.  Pero en  realidad cumplía con muchos requisitos.  Si bien se lo conocía como un tipo medio callado, cuando se soltaba, era muy divertido.  Tenía un buen porte, era alto y se vestía bien, y tenía un  programa semanal de radio desde hacía unos años, dedicado al rockandroll de los cincuenta y sesenta.  Y a decir verdad, lo de animador de shows lo hacía muy bien.

-  Veo que ya hay una decisión tomada, y en breve me alcanzarán el sobre con el nombre del grupo ganador de baile de estas fiestas tan queridas para nosotros. -  De fondo se escuchaba una muy alegre canción folclórica de la región, acompañada por las palmas de toda la gente a pedido del animador.  -  Bueno bueno, miren a esta hermosa parejita de niños que están subiendo al escenario, y seguramente  traerán el sobre con el nombre del ganador -  Los niños le dieron a José Antonio un sobre y una nota escrita en una hoja de cuaderno rayada.  La nota decía:

"José Antonio, te esperamos mañana domingo al amanecer debajo del arco de entrada ..."

Leyó la nota, la puso en un bolsillo y tratando de  poner la mejor de las caras dijo:  - Y el ganadorrrrr essssss...! -


Ese sábado no abrió el boliche Don Germán, era un día de fiesta, y como tal aprovechó para dormirse una siesta, darse un baño, y poniéndose la mejor ropa, salió rumbo a la San Martín a participar del cierre de la semana de la Vascongada.  Entró por atrás, lejos del escenario, allá dónde se juntaban la mayoría de los puestos de comida y bebida, que ya empezaban a  servir a las mesas que de a poco se iban llenando.  A todos sin excepción conocía, y avanzar era una tarea lenta ya que se iba deteniendo en cada mesa a saludar y, porqué no, a aceptar un trago de vino también. Al pasar por el carro que servía merluza, una mujer de saco rojo, casi lo lleva por delante.

-  Estela! -

-  Germán, qué bueno verte despues de tantos años! -

Ambos se quedaron parados mirandose en el medio de la calle, pareciendo ignorar todo lo que pasaba a su alrededor.

-  ¿Nos sentamos? -  Invitó Germán

-  Claro -

La cara de asombro de Germán pronto se transformó, y una leve sonrisa se le instaló en su rostro.

-  Llegué hoy.  Estoy viviendo en Brasil, como sabrás.  Y tenía que resolver unos problemas de papeles, con la casa de mis viejos.  ¿Y tus cosas cómo andan? -  Estela, una hermosa mujer, que había tenido una relación en el pasado con Germán, parecía muy a gusto con este encuentro.

-  Señor, señor. ¿Nos compra un ramito de flores para la doña? -  Una parejita de niños de no más de cinco o seis años, vestidos con los atuendos tradicionales, llevaban una canastita con ramos de flores que ofrecían mesa por mesa.

-  Si, si, querido.  Dame uno, por favor. -

El niño le dió un ramito, y con él, una nota escrita en una hoja de cuaderno rayada. 

Germán recibió ambas cosas, le dió un billete de quinientos al niño y viéndo cómo se perdían entre la gente, leyó su nota, que decía:

"Germán, te esperamos mañana domingo al amanecer debajo del arco de entrada ..." 

-  ¿Todo bien Germán? -

- Si -  contestó Germán con una sonrisa, mientras guardaba su nota en el bolsillo -  La nota decía que las flores no hacen otra cosa que resaltar la belleza de una mujer -

Ambos rieron y decidieron pedir dos copas con vino para brindar por el reencuentro.


Aún no había rastros de la claridad del día asomándose por detrás de la ruta.  Pero en breve, el cielo comenzaría a aclararse, y dejar de ser ese azul tan profundo, para darle lugar a un día que se anunciaba soleado.  Esto parecía advertirlo una pareja de zorzales posados sobre el arco de entrada al pueblo, que no paraban de cantar.  Quizás estaban indicándole a alguien la ubicación del punto de encuentro, infaltable en cualuier foto que mostrara las postales del lugar.

(¿Se viene el final?)


Riqui de Ituzaingó


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