Ir al contenido principal

Zapatero a tus zapatos

Había una vez un lugar dónde la gente llevaba a arreglar sus zapatos cada dos por tres, llamado "lo del zapatero".  En todos los barrios debía haber uno, así como existían ferreterías, almacenes, panaderías, también había un "taller de compostura de calzado", como, años más adelante, los profesionales del márquetin denominarían.
Oficio importante el del zapatero por entonces, ya que otro era el consumo de calzado.  Zapatillas solamente para hacer gimnasia los pibes, y algún que otro atleta, pero no mucho más porque se rompían fácilmente. Flecha era la marca casi excluyente, hechas de lona y con suelas de goma o algo parecido.  Las de basket eran Llavetex tipo botitas para que se entienda, y no mucho más; podríamos agregar los botines de fútbol, los Sacachispas eran una especie de zapatilas con tapones, y los que jugaban en serio, no sé de dónde los sacaban pero compraban unos de cuero grueso, medio pesados, Adidas por entonces ni pintaba.
Los del campo y los más viejos de por acá usaban Alpargatas, los fundamentalistas con suela de yute, y el resto, goma nomás.  A los más chiquitos les ponían en verano las Skippy que eran unas sandalias plásticas, un juntadero de mugre entre esos dedos, y cuando el frío pintaba se usaban unas botitas creo que de paño o algo parecido, más ascepticas que las anteriormente mencionadas.
Cuando de ir al cole se trataba, los varoncitos calzábamos zapatos con cordones que cada noche teníamos que lustrar, salvo que algún padre generoso se copara con tal encomiable tarea.  Las nenas usaban unos zapatos más abiertos arriba con una tirita para cerrar con una pequeña hebilla; no sé quién los lustraba aunque sospecho que el charol garpaba como el que más (consulten con sus mayores el significado de la palabra charol).
Para cerrar este catálogo de pilcha pa´ los pies, los hombres tenían generalmente dos pares de zapatos, uno negro y otro marrón, según el color de los lompas, siempre con cordones, y las mujeres, bueno, es todo un tema.... Creo que los zapatos de mina estaban baratos o ellas tenían mucha guita porque acumulaban pares como para estar preparadas para el día en que se prohibiera la fabricación y venta de calzado femenino.  Una de las explicaciones que pueden explicar tal conducta era que se los compraban medio o un punto más chicos de lo que realmente necesitaban.  Vaya a saber porqué! Entonces la mitad de lo que llenaba los botineros, o sea la parte de abajo de los placares, no los podían usar.
Imagínense entonces el laburo que tenían los zapateros!

El que correspondía a mi jurisdicción, Don José (estimo que se llamaría así, consulté con el oráculo y tampoco se acordaba) estaba en la esquina de Los Pozos y la de la fábica Miniroda; era su casa y su taller tenía ventanitas hacia ambas calles.  Era chico el boliche y como correspondía a la época, lleno de zapatos por todos lados, a la izquierda los arreglados y del otro lado los trabajos recibidos.  Tenía un elemento de escritura que no era un lápiz pero no arriesgaría a decir que era una birome, con é, le ponía el nombre o algún dato en las suelas, como para asentar el ingreso al establecimiento, pero me parece que era al dope, porque a la mayoría había que hacerle media suela o suela entera y yo terminaba siempre buscando el par que me correspondía entre los treinta o cuarenta pares que siempre tenía para entregar.
Todavía hoy no puedo aseverar su nacionalidad, si era italiano u oriundo de la península Ibérica, hablaba poco y muy cerrado, creo que tenía que ver con que siempre estaba sentado dándole a los zapatos arriba de ese soporte de fierro, dónde clavaba tacos, suelas y demases.  La foto que se me hace hoy es sepia, con baja iluminación, dónde resaltaban camisa y pantalón beige, cortados por un delantal, calculo que de cuero, negro brillante.
Pero mi recuerdo no estaría completo, si no agrego una situación que se daba siempre que yo iba:  había una puertita que comunicaba con la casa por dentro, que se abría apareciendo su mujer, una señora de su misma edad (mucha), flaca, más bien alta para la época, con un mate en la mano y una sonrisa que ponía luz a la penumbra del taller.  Y la palabra cordial para con Don José, dónde uno imaginaba toda una vida de amor que se renovaba con cada amargo.
Como siempre me daba un poquito de charla la señora, un día le pregunté:
- ¿Hace mucho que están casados? -
Don José levantó sus anteojos como cada vez que se ponía a hablar algo interesante, como pasar un presupuesto o dar las buenas tardes, pero esta vez, la primera que lo veo, se dirigió a su mujer con la mirada.  Ella apenas levantó su mano izquierda en su dirección y  me dijo suavemente - Nosotros no estamos casados, somos amigos - 
- ¿Amigos? - pregunté asombrado - Yo los veo siempre juntos, como mi papá y mi mamá - 
Sin dejar de sonreir, siguió hablando - Hace casi treinta años que cada mañana tomo el tren y me vengo caminando desde la estación, para cebarle unos mates y hacerle compañía mientras cambia un taco o pasa betún a unos botines.  Nos conocimos cuando yo bajaba del barco, sin saber dónde pasar la noche, y Él, que había ido a buscar a un pariente, me llevó a una pensión dónde estuvo antes de mudarse, y dejó un mes pago.  Desde ese día, somos inseparables - 
- Y si se quieren tanto ¿Porqué no se casan? - pregunté ya con los zapatos de mi tío en la bolsa que había llevado
Ya me iba, y en el reflejo del vidrio de la ventana que daba a King, pude verlos cómo se miraban; hoy entiendo que esa mirada era de amor.  Y volví a casa, con la intención de contarle a mi mamá, cuando viniese de trabajar.

No se sabe cómo fue pero de a poco el barrio se fue enterando, y fue un martes de julio, una mañana de mucho frío cuando muchos de nosotros nos fuimos encontrando en la puerta del Registro Civil de Ituzaingó.  Seríamos unos veinte o treinta y las vecinas estaban pintadas y alguna hasta con sombrero!.  Los novios salieron de la mano entre aplausos y gritos (de los más chicos).  Yo me adelanté a todos y con una pequeña corrida pude darle un beso a Don José y a su Señora, de la que nunca supe su nombre.

Riqui de Ituzaingó





Comentarios

  1. Hay que linda historia...
    Con respecto a quien le pasaba pomada a los zapatos, lo que respecta a Los Pagani papá todas las noches les pasaba pomada a todos los zapatos, menos los del tío Héctor y a la mañana antes de irse a trabajar los lustraba y los dejaba relucientes!!!

    ResponderBorrar

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

Querido diario

Querido diario: Es raro estar escribiendote esto después de tantos años.  Ni quiero hacer la cuenta!  Es que ya había olvidado tal vínculo diario contigo, y conmigo obviamente.   Aún persiste mi asombro.  No sé si estás al tanto, pero de manos de quién menos lo esperaba, apareciste nuevamente, en medio de un par de libros de Asimov, y El Gráfico del 86, que mostraba la copa en lo alto, tanto en la tapa como en la contratapa. Cualquiera en mi lugar se hubiese sumergido dentro tuyo, buscando algún tesoro, en medio de tan desteñidas y ajadas hojas.  Pero no es mi caso.  De inmediato, busqué una Bic trazo gruso, y sin que la melancolía me ganase, apoyé tus tapas sobre mi escritorio y, aquí me ves, dispuesto a continuar con aquello que tuvo una pausa de apenas cuarenta y pico de años. No sé por donde arrancar, es que llegaste sin avisar, y no creo estar preparado para la ocasión.  Dejame recordar un poco ... Durante todos estos años me crucé con escrit...

Buenos Ayres

Nací en los sesenta en Mataderos, barrio porteño, si los hay.  Llamado en un momento el Arrabal, la puerta de atrás de mi ciudad.  Claro, todos llegaban en barcos a La Boca, allá lejos, en la otra punta.  Pero mis calles fueron la entrada de los que venían en carretas, a caballo, ahí dónde se recibía el ganado, con destino final, los mataderos y saladeros.  Vaya a saber por dónde estarían. Pero esa gran puerta trajo también, una parte importante de la materia prima que fue formando el carácter del Porteño.  Si por el Riachuelo entró el lunfardo y el Tango, en las valijas de nuestros abuelos, por estos lares recibimos el mate, las milongas, el asado. Es cierto, me fuí del barrio, a mis cinco años, pero jamás perdí la identidad que corre por mi cuerpo y que me hace estremecer cada vez que escucho algún compás del fuelle de Piazzolla. Y si digo Astor, mil veces caminé por Callao, buscando esa bendita vidriera, y me di cuenta que al final de cuentas, fue siempre una...

Yo vi jugar al 10

Había un programe en la tele, creo que en el año 73, que duraba toda la tarde.  Quizás era Matineé, donde estaba la Tía Valentina.  Un día llevaron a un pibe que jugaba en las inferiores de Argentinos Juniors, los famosos Cebollitas.   Esos programas tenían un poco de todo, se daban de lunes a viernes después de almorzar, y estaban hechos para acompañar.  Era usual por entonces, que las mujeres no trabajaran fuera de la casa, sino se dedicaban al laburo del hogar, y la pesada crianza de los chicos (nunca menos de dos).  Entonces la tele siempre estaba encendida, como para que fuesen más llevaderas, las tares hogareñas. El pibe en cuestión, estaba en un costado de la imágen haciendo jueguitos con la pelota (hoy freestyling).  Era algo simpático para ese programa, pero no para mi.  Al otro día fuí corriendo a contarle a los chicos de mi equipo, Los Leones, que había visto en la tele a uno de los Cebollitas, y que si nosotros avanzábamos en el campeo...