Cuando muchos duermen la siesta, quizás la última hasta dentro de una semana.
Cuando la ventana medio abierta de la cocina, deja entrar al viento que aplacará el olor a tuco, que se aferra a cortinas y repasadores sin cejar.
Cuando el sol empieza a mirar a los ojos, anunciando que en cuestión de horas, habrá que irse a dormir temprano para encarar la semana que se viene.
Cuando el domingo se diluye, en ese y en cualquier barrio de la ciudad, la ceremonia se repite.
El pibe que llega, en bici, en monopatín o en bondi; qué importa cómo! Se anuncia con la cara iluminada de emoción, esa que fue palpitando toda la semana. Y ahí lo espera el tipo, que lo saluda con cortesía, tratando de guardarse más de un sentimiento para más tarde. Los va a necesitar.
Así son las tardes de domingo en esta ciudad. Todo lo vivido, se pone a prueba una y otra vez, tanteando, cada uno de los infinitos nudos que afirman uniones entre los que se quieren de verdad. Todos sabemos de qué estamos hablando, es que la vida misma pareciera sublimarse en ese rato que va desde que termina el almuerszo del domingo hasta que la penumbra se adueña de todo. Aquí, allá y en todas partes.
Para poder contarles esta historia, me colé casi de polizón, sin hacer mucho ruido, no por miedo a que me descubrieran, sino para no molestar. Como cuando uno entra a Misa, aunque el cura no haya llegado, hay que evitar el barullo.
Un sillón, donde en otras ocasiones entran tres, o cuatro si son flacos, en este caso solamente hay lugar para dos, dejando un espacio para el pibe que más adelante, se sumará solito, sin que lo llamen. Por encima de las dos cabezas, una canosa, medio desprolija, otra azabache, jóven, se ve ahí adelante la tele, una grande, de las nuevas. También puede ser una chiquita, o como era antes, la radio con el volumen a fondo, apoyada sobre la mesita redonda, decorada con mantel chiquito de macramé.
El relator dió por comenzado el partido, arengando a los televidentes para que no se despeguen del sillón, aunque el desarrollo del encuentro, no les ilumine los ojos. En el lugar solamente se comentan las habilidades del centrojás o la desidia del diez de los nuestros "que no sé para que lo pone el técnico este". Sin interrumpir, aparecen uno o dos mates, no más, como para templar la voz y dejarla lista para gritar lo que todos esperan.
El referí pita y durante quince minutos, se aprovecha para estirar las patas, piyar, o manotear un bizcochito, si hubiera.
Yo casi sin que me registraran del todo, me fui, sin silbar bajito, con la certeza de que todo estaba bien, y que como pasa con los enamorados, hay un momento en el que hay que dejarlos solos.
Pd: Si alguien quiere escribir una historia como esta, salga a caminar por el barrio, un domingo a la siesta, y donde vea una puerta entreabierta, no dude en entrar. Nadie se va a dar cuenta.
Riqui de Ituzaingó
Que linda, me encantó... Hacía mucho que no escribías o al menos no publicabas... 🥰💖💝😘
ResponderBorrarAna Lidia Pagani
Me encantó!!!!
ResponderBorrarHermoso relato!!! Quiero estar en ese sillón frente a esa tele!!!!
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