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El tipo que silbaba

Entre las múltiples historias sobre personajes de la ciudad de Buenos Aires, recuerdo la de "El tipo que silbaba".  El origen de este relato es incierto para mi; no me queda claro si lo escuché en una charla de café, en algo que leí por ahí, o si forma parte de esa maraña de recuerdos compartidos con ocasionales compañeros de ruta.   Lo curioso es que, al intentar buscar más información, las respuestas suelen ser vagas o cargadas de una indiferencia que sugiere que todos saben de qué se trata, pero nadie quiere meterse con este tema. Dicen que en un barrio de Buenos Aires, quizás Monserrat o San Telmo, en una cortada de existencia incierta llamada Pasaje San Edmundo , a veces pasan cosas.  A  la hora de la siesta, más precisamente entre las tres y media y las cuatro menos veinte,  el entorno se transforma: los ruidos urbanos —bocinas impacientes y traqueteos de gomas infladas de más— se apagan, el cielo se nubla o es el pasaje el que se ensombrece, eliminan...

Revolveme la salsa!

-  ¿Sabés qué pasó en la cuadra del kiosco? - -  No.  ¿Por? - -  Dos patrulleros, la calle cortada.  - -  Averiguo.  Aprovecho que tengo que ir a la panadería.- La casa del 466 no era lo que se dice, un palacete, tampoco una de esas que tienen frentes con jardín, donde muchos se paran a ver las flores.  Ya el solo hecho de caminar por su vereda no es tarea fácil.  Baldosas rotas y otras que no están, hacen que quien quiera distraerse mirando el frente de la casa, tiene muchas posibilidades de pegarse un porrazo.  Eso si, el olor a pis de gato es una especie de certificado de domicilio  para el que quiera saber por dónde anda. Los vecinos, vaya a saber porqué, evitaban hablar de esa casa, de quién la habitaba, de si tenían perro, gato, canarios.  Pero sí, siempre la incluían en el grupo de esas tres casas, que " no están cuidadas y que afean  el barrio". -  ¿Y, qué averiguaste? - -  No mucho.  La del kiosco d...

Yo vi jugar al 10

Había un programe en la tele, creo que en el año 73, que duraba toda la tarde.  Quizás era Matineé, donde estaba la Tía Valentina.  Un día llevaron a un pibe que jugaba en las inferiores de Argentinos Juniors, los famosos Cebollitas.   Esos programas tenían un poco de todo, se daban de lunes a viernes después de almorzar, y estaban hechos para acompañar.  Era usual por entonces, que las mujeres no trabajaran fuera de la casa, sino se dedicaban al laburo del hogar, y la pesada crianza de los chicos (nunca menos de dos).  Entonces la tele siempre estaba encendida, como para que fuesen más llevaderas, las tares hogareñas. El pibe en cuestión, estaba en un costado de la imágen haciendo jueguitos con la pelota (hoy freestyling).  Era algo simpático para ese programa, pero no para mi.  Al otro día fuí corriendo a contarle a los chicos de mi equipo, Los Leones, que había visto en la tele a uno de los Cebollitas, y que si nosotros avanzábamos en el campeo...

Buenos Ayres

Nací en los sesenta en Mataderos, barrio porteño, si los hay.  Llamado en un momento el Arrabal, la puerta de atrás de mi ciudad.  Claro, todos llegaban en barcos a La Boca, allá lejos, en la otra punta.  Pero mis calles fueron la entrada de los que venían en carretas, a caballo, ahí dónde se recibía el ganado, con destino final, los mataderos y saladeros.  Vaya a saber por dónde estarían. Pero esa gran puerta trajo también, una parte importante de la materia prima que fue formando el carácter del Porteño.  Si por el Riachuelo entró el lunfardo y el Tango, en las valijas de nuestros abuelos, por estos lares recibimos el mate, las milongas, el asado. Es cierto, me fuí del barrio, a mis cinco años, pero jamás perdí la identidad que corre por mi cuerpo y que me hace estremecer cada vez que escucho algún compás del fuelle de Piazzolla. Y si digo Astor, mil veces caminé por Callao, buscando esa bendita vidriera, y me di cuenta que al final de cuentas, fue siempre una...

Querido diario

Querido diario: Es raro estar escribiendote esto después de tantos años.  Ni quiero hacer la cuenta!  Es que ya había olvidado tal vínculo diario contigo, y conmigo obviamente.   Aún persiste mi asombro.  No sé si estás al tanto, pero de manos de quién menos lo esperaba, apareciste nuevamente, en medio de un par de libros de Asimov, y El Gráfico del 86, que mostraba la copa en lo alto, tanto en la tapa como en la contratapa. Cualquiera en mi lugar se hubiese sumergido dentro tuyo, buscando algún tesoro, en medio de tan desteñidas y ajadas hojas.  Pero no es mi caso.  De inmediato, busqué una Bic trazo gruso, y sin que la melancolía me ganase, apoyé tus tapas sobre mi escritorio y, aquí me ves, dispuesto a continuar con aquello que tuvo una pausa de apenas cuarenta y pico de años. No sé por donde arrancar, es que llegaste sin avisar, y no creo estar preparado para la ocasión.  Dejame recordar un poco ... Durante todos estos años me crucé con escrit...

Compañeros

Y si.  Pasaron exactamente cuarenta y seis años. Apareció por ahí (casa de los padres de Gaby Cilenti), un álbum de fotos mías, entre las que se encontraban, 32 (un rollo) tomadas con mi Kodak Instamatic, joya, nunca taxi.  El Chino tuvo la gentileza de escanear una por una, y creí conveniente que con la ayuda de la tecnología, mejorarlas un poco, para paliar el rigor del paso del tiempo en ellas (lástima no poder hacer lo mismo con mi deteriorado cuerpito). Las compartiré desde mi Google fotos, pero me pareció bueno, recordar algunas cosas de esos días, y ayudar a los que el Alemán les está rodeando el rancho. Los que fuimos:     Chino     Lore     Rocco     Gaby     Turco     Pipa     Colo K     Gustavo     El que suscribe ¿ Olvido a alguien? No voy a escribir ni un cuento ni una novela, simplemente, tiraré una serie de recuerdos descolgados, y el que quiera, haga su aporte. Fuimos al d...

Pedido de Nochebuena

Ando medio fiaca para escribir, entonces me puse a busar algunas cosas que tenía escritas por ahí.  Encontré esta, de hace chiquicientos años, que refleja que por entonces, era más la frescura que el vuelo literario, lo que me salía.  Espero les guste   Carlitos, se la pasó gran parte de sus ocho años caminando. Las distancias en el campo son largas, todo queda más allá de dónde los ojos alcanzan a ver. La escuela era su único vínculo con el mundo, ese que estaría cerca de dónde sale el sol. Ahí su Maestro, Don Quique, pasaba el ratito en el que repartían la comida, contándoles esas historias de pantalones cortos, cuando tenía flequillo como ellos. Los alimentaba por la panza y por las orejas. Y tomando un jarro de sopa, conoció porqué la bandera se confundía con las ovejitas que caminan por el cielo. Supo que tenía un país y que había gente que trabajaba para que él estuviese bien. En realidad esta parte no la entendió muy bien. Quizás cuando sea más grande lo pensaría m...

Las dunas

Camino por la arena hostil que lastima la piel cuando vuela, que enceguece los ojos, una y otra vez. Ahi enfrente, una nueva duna, la que uno espera sea la última, pero el desierto es así.  una continuidad que nunca acaba. Le doy mis manos al viento,  se colman de minúsculas partículas de polvo, o de arena, ¿quién puede saberlo? Las sacudo y algo de transpiración hacen que una de ellas, quede en el centro de mi mano izquierda. Apreto fuerte para que no se caiga y la apoyo sobre mi corazón. Siento cómo su latir se pliega a mi mano y quizás llegue a conmover a ese pedazo de una de las dunas de este desierto. Mi desierto. Cierro los ojos, un poco por el incontenible viento y otro poco, buscando concentración. Escucho su voz. No siempre fue arena, antes fue piedra, y también roca. Rodó de una montaña, de la que con orgullo fue parte, cuando las aguas de un río que de ella nacía hicieron que siguiese su propio camino, llevando un mensaje, quizás, buscándome a mi. Pude escuchar su l...

Orlando

En el último día de diciembre, esta zona de Buenos Aires, recibía una lluvia  de papelitos, desde casi todas las ventanas de los edificios de oficinas.  Era momento de limpiar archivos, cerrar proyectos que nunca se harían, y por sobre todas las cosas, hacerle saber a la ciudad toda, que otro año lleno de energías estaba a punto de iniciarse. Desde la plaza donde muere la avenida, cada vez que los semáforos se iluminaban de verde, los taxis y los colectivos (raro ver un auto particular un treinta y uno) hacían olas sobre ambas veredas, como si el canaval se hubiese adelantado y las fachadas de los edificios debieran cubrirse de papel picado. Habrán pasado treinta o cuarenta años, y los oficinistas más viejos, hoy ya jubilados, les cuentan a sus nietos de las cascadas de hojas oficio partidas en seis u ocho, y de las serpentinas que volaban desde lo alto, dejando atrás infinitos totales y sub totales que fueron armando los balances del año que se estaba yendo.  Los días qu...

Construí tu propio barco

Cada semana, los miércoles o jueves, Juan, el diariero, hacía la recorrida con su bicicleta por esa zona del barrio.  Ahí en lo de Marcos dejaba el Billiken y no lo verían pasar hasta el domingo cuando revoleaba en varias de las casas de la cuadra, el pesado diario del domingo, con sus suplementos y revista incluída.  Yo no sé si en otros lugares pasaría lo mismo, pero pagarle a Juan era un problema.  Todo empezaba con poder pescarlo.  Había que estar atento para escuchar el " Diaaaariioooo" y salir corriendo, aunque la mayoría de las veces ya había pasado y sin Cristo que lo hiciese pegar la vuelta.  Uno se preguntaría ¿y porqué no ibas a pagar al puesto y listo?   La respuesta es sencilla:  No sabíamos cuál es el puesto. En charlas ocasionales de vecinos, siempre estaba el que afirmaba que el puesto era el  de la calle del colectivo, frente al mercadito.  Algo totalmente incomprobale.  Primero que existiera el puesto y en ese caso, que...

Fabuladores de furgón

En el horario de las 00.30, el tren solía venir casi vacío, era muy poca la gente que iba hacia la Capital.  No se me ocurre quién.  Laburantes, no creo.  Quizás alguno que anduvo visitando parientes y lo invitaron a cenar, o vaya a saber quién más.  Yo estaba dentro de la categoría vaya a saber quién más .  En realidad esa noche quería aprovechar  el boleto de ida y vuelta, y si no era este tren, perdía toda oportunidad de viajar gratis. Había subido bien adelante y me puse a caminar un poco, de vagón a vagón.  No lo pensé en su momento pero es lógico, si el motivo del viaje era solamente viajar, había que buscar algo más que contar.  Uno nunca sabe con quién puede encontrarse al bajar y qué preguntas puede recibir. Algo que me llamó la atención es que los carteles de para fumar o no, negros y rojos, no estaban siguiendo un orden como cualquier hijo de vecino esperaría.  Creo que el que dió las instrucciones para que se colocasen. no explic...

Una de amigos

El tren se detuvo antes de llegar a la barrera de la estación, a menos de doscientos metros de ella.  Asomándo la cabeza por la puerta que estaba trabada y medio abierta, se podía ver claramente la luz roja allá arriba, que señalaba que, llegar a nuestro destino estaba un tanto demorado.  El sol se colaba por las ventanillas y aunque estuviésemos en octubre, no sería muy agradable continuar el viaje sin que encienda el maquinista el aire acondicionado.  En el Sarmiento, pareciera que hubiese una fecha anotada en vaya a saber uno en qué pizarra, para encenderlo, y justo abajo de ella, la fecha en la que debía bajarse la tecla, dando por iniciada la temporada invernal.  Acá no sé.  Esta línea es la primera vez que la tomo.  Mejor dicho no.  Hace treinta y cinco años veníamos a la quinta de Longchamps, tantas veces como fuera posible.  Y no sólo en verano; es que si bien la pileta y el parque hacían de este lugar un verdadero paraíso, durante el rest...